El vivir apegado a las realidades, nos habla del principio liberador por excelencia: la vida …y ¿Qué es la vida?. Es la sensación de ser finitos, únicos, acabados en tiempo y en espacio, es la sensación de respirar la naturaleza y aclarar el pensamiento.
La paz como principio generador de buenas conciencias, es un punto de partida, dónde empezar y hacia dónde ir, luego entonces sabremos qué, cómo dar el primer paso, se requiere de un gran motor: la libertad. Esto no significa ir a cualquier parte, sería una libertad mal entendida, significa entonces, la potestad de alcanzar, ver los limites, y sabedores de ellos, ir más allá. Eso, sin dogmatismos es libertad. Una vez comprendido esto, el ser se ve envuelto en distintas formas de vida, diversas visiones de su mundo, un mundo lleno de esclavitudes llamados “vicios”, apegos tan grandes que apenas podemos distinguirlos, luego tratarlos como las adversidades naturales del hombre.
Sin la capacidad de decidir, no es posible entender, el progreso de las naciones, de la humanidad entera. Decidir es también establecer límites en la sociedad, permite saber que el actuar se debe frente al otro, un ser social, un ser cultivable en el en encuentro de la sana necesidad de estar unidos en comunidad. Y una vez entendida esta forma de vivir en la acción cotidiana de elegir, se forma un criterio, un pensamiento distinguiéndolo del resto. Ningún ser humano es igual a otro, sin embargo, ninguno es enteramente distinto a otro, esto nos hace suponer, que la esencia de cada uno es semejante al otro destacando sus aspectos culturales, económicos, geográficos y familiares. En suma, es un contrato rosseuriano el deber y el entender de la libertad, sabiendo que la evolución de la especie condiciona su andar y su involución la condena a través de sus manifestaciones sociales como los conflictos bélicos, la pobreza económica, la delincuencia y la drogadicción.
En un asunto trivial, el latino, interpreta por ejemplo el matrimonio como una “atadura” coartando libertades, falsa apreciación, debido a que la elección por sí misma es la ejecución práctica de la libertad, concepto elevado a su máxima expresión para llegar a la integridad humana, pues sin límites no hay libertad.
Los limites se configuran para dar sentido a la vida, para dar paso a los otros valores, el respeto, la prudencia, la tolerancia, la compresión, todos ellos aristas de la quintaesencia del hombre pensante, del hombre común, no de ese súper héroe pintado en los diarios, no ese brillante rostro televisivo, no, personas de carne y hueso, muchos formadores del andamiaje social, constructores de nuevos horizontes.
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