El ser humano desde su nacimiento genera una empatía con el entorno, con un medio repleto de matices, vicisitudes y enfrentamientos con la realidad cotidiana y con el elemento inefable, la experiencia.
Es esta experiencia, el instrumento ideal para alcanzar el conocimiento, la luz de la vida, la forma como nos compenetramos los unos a los otros, la forma en que nos distinguimos unos de otros.
La experiencia construye, forja al ser para convertirlo en un hombre y para llegar a él, se requiere una constante y firme vocación por aprender a ser.
El aprendiz funda sus razones en la duda, en el motor de la curiosidad, del entusiasmo de ir más allá. El corazón de un aprendiz , es la llama que dirige su brújula en los sentidos acertados, en los abrojos, en el desconcierto, en la luz y en la oscuridad.
El aprendizaje es el camino hacia la liberación de la conciencia, es el estandarte de la razón, es la bandera de la imaginación, es la causa del progreso, es la causa del retroceso también.
El aprender, es saberse acreedor de un conocimiento para después enseñarlo, mostrarlo a sus próximos, al desvalido, al sabio, al injusto, al juez y al verdugo.
Este bendita vocación es la razón por la que estamos reunidos, por este eterno aprendizaje, por esta valiente prosecución de saberse victorioso ante los vendavales del tiempo, por esta constante de haber caído ante la derrota, ante el miedo y el desdén.
No, no hemos terminado de aprender, aun quedan hierros que forjar, destinos que dirigir, sufrimientos que afrontar, dichas enteras que compartir.