martes, 22 de junio de 2010

LO QUE SIGNIFICA UNA TAZA DE CAFÉ

Es curioso que casi “todos” hemos bebido un maravilloso café por la mañana para activar al cuerpo, a la mente, a los sentidos para refrescar el momento con la humeante oportunidad del líquido caliente, de la cafeína constante y de la ensoñación de trabajar a una velocidad mayor a la esperada, a la exigida.
La parte donde se desliza el humano a esa realidad circundante, la provoca la excitación de los sentidos, la concordia de estar sentado y escribir, reflexionar, pensar, influir, trascender, evaporarse en todos los aspectos por la extraña convivencia de estar frente a la taza, a la humeante calcomanía de una idea, de una ruina, de un pensar, de una flagelo al enfrentamiento cotidiano, difuso, disperso, ambiguo, abstracto, abierto, con la sabrosura de terminar por el arte de haberlo hecho, de sentirlo suyo para el mundo.
La dialéctica en la que nos envolvemos dirige la mano para recoger la taza de forma genérica, la estructura de las palabras nos brinda la pauta, la oportunidad de salvar un poco lo que somos, lo que no somos, la pieza musical al respirar, al darnos la mano, al fijar la mirada, al ladear la cabeza, al bajar la voz, al suspirar por alguien, al volatizar el sentimiento del instante.
El detenerse en el tiempo es provocar el curso de la vida, es el sentido del aroma, es la oportunidad de transgredir la forma, de intuir el deseo, de atrapar la fuerza de la naturaleza, y que mejor agrupamiento de emociones frente a un monitor donde se vacían las ideas para transmitir y efectuar el raro, el vago sentimiento identidad con el otro producido por la taza del café, la efervescente cafeína y su múltiples males que se convierten en exquisitos y efímeros bienes.
Ahora, la manifestación del efecto del café conduce a la ventana universal, donde se puede alcanzar públicos no imaginados, las bellezas no creadas, la estatización idílica del que pensará el que no conozco, el del otro lado de la pantalla, el que esta “allá” donde no lo veo, pero donde conocerá el espectro escrito a distancia con un dejo de alejamiento.
Es por eso que el café es ya de por sí una experiencia única, el distinguir sus sabores, provoca cada día el deleite, la fascinación de los sentidos, el olfato al inhalarlo, la vista al observarlo, el tacto al tocar la taza y al final el gusto al degustarlo.
Los cafés tienen distintas concepciones en sus texturas, pocos alcanzan la finura y calidad, y el degustador sofisticado distingue las percepciones de una forma en donde el terrible nescafe es un producto de desprecio por su estulticia e insulto al verdadero café.
Lástima de una población cafetera que no conoce los verdaderos tonos y sabores de un café, lástima que unos poquitos tengan la posibilidad de conocer el elixir color obscuro y afortunados aquellos que se regocijan en el verdadero sabor de la naturaleza.