lunes, 4 de enero de 2010

APRECIACIÓN SOCIAL DEL ARTE

En el ir y venir del hombre se han fraguan las ideas más sencillas, más profanas, más divinas. El arte como idea y como instrumento de algunas partículas de la sociedad, deja huella de su rastro a su paso, en sus inconmensurables horizontes donde se tallan los talentos, las mentes, los espíritus, donde se experimenta el calor de la esperanza, el frio de la violencia, la sed de justicia, el ansia de la igualdad y lo espeso de la amargura.
Esta fuerza motora del arte es un ejemplo de la complejidad humana, de sus misterios, de su diferencia de razas, de su amplitud de pensamiento, de su riqueza lingüística, de su sobrevivencia constante, en un entorno cada día más hostil, el cual impide la convivencia, la hace mas adversa, pero también grande.
En la historia de la humanidad se han escrito miles de hazañas, glorias, caídas, sufrimientos sin misericordia, la voz fue de los oprimidos, de esos muchos que no dejaron para después la encomienda de su tiempo, dando paso a la fuerza de la memoria bien guardada, para legarnos un mundo mejor, aunque ese mundo no sea mejor, construimos la mejoría desde adentro, en el campo interior del humano, ese espacio indestructible, siempre creciente.
Este es el preámbulo del margen histórico del hombre, donde el arte juega un rol fundamental para llegar hasta aquí, ser lo que somos y reconocer lo que no somos.
Y una vez hechos y reconocidos, embriagados por la tinta digital, de la tecnología me lanzo a la aventura de decir…..







El arte es una herramienta que sirve para la representación de un pensamiento, de una ilusión, de una debilidad, de una fortaleza.
La sociedad está repleta de un sinfín de complejidades que se ven descubiertas con las múltiples manifestaciones, el expresarse ante lo cotidiano resulta una necesidad frecuente del ciudadano con un poco de conciencia de su entorno de su espacio, de un lugar que no es ajeno a la particularidad de su ser. Y es que en este sistema social se establece de manera axiológica la forma conductual de los hombres –actuando en ocasiones en como un hombre masa- para comportarse de suerte que no sea criticado por el resto de sus semejantes. Es decir, la manipulación de la opinión por un sistema impuesto, por la conveniencia de no ser autentico, resulta la parte más cotidiana del ser el no ser.
Es por eso que el arte es un receptáculo y un escaparate para desmitificar las raíces de las mascaras sociales, esas que se caen con la representación de un dibujo, de una escultura, de una pintura, de una imagen y con ella, la caída de un cerco, el que no permitía ser.
En este mismo orden, la expresión artística promueve sentimientos y emociones silenciadas por el yugo social, donde la expresión del amor es una cuestión limitada, tabú, con elementos que llevan al paroxismo de su origen, la pasión y la entrega de la esencia de la que estamos conformados, de la que no se puede desprender.
Y en efecto, el ser evoca una necesidad de la cual no puede desprenderse de eso, del tejido de social, pues ahora los derroteros de la felicidad, son otros por su superficialidad y materialidad. La verdadera existencia está en la querer hacer, no porque se debe hacer, si no porque se quiere y después de ese deseo, promover la acción constante, para lidiar con la duda encaminada a la certidumbre.

Y desde luego la formación de los deseos se ve forzada por la espontanea voluntad, por la razón, la inteligencia y los instintos.






Y regresando al tema que nos ocupa, diré que el arte es uno de esos deseos inmanentes al ser, sin embargo, no en todas las personas está desarrollada esta capacidad de observación, debido a sus condiciones sociales, económicas y culturales. Por ejemplo en una familia de escasos recursos es verdaderamente complejo entender el mundo por medio del arte, porque se carecen de los incentivos, de los espacios para el conocimiento y el entendimiento del arte.
Desafortunadamente el arte en México es elitista, está vedado para unos cuantos, para los que tienen una mayor capacidad de compra. El arte se constriñe aquellos centros de distribución artísticos – museos, galerías- y allí mismo se consume como un producto ajeno a la realidad cotidiana del grueso de la sociedad, una sociedad harta de lo mismo, de sus políticos, de su amarga economía que deja resabios de los intereses populares de los gobiernos.
La arquitectura de las zonas populares es una muestra de la carencia absoluta de arte, la producción en serie de vivienda, es la multiplicación del tedio visual, trastocando un filtro sensorial de la integración completa del ser, abriendo un hueco en la capacidad de diferenciar lo bello de lo contaminado, de lo estético de lo antiestético, produce un empobrecimiento sensitivo, dejándolo paralitico para su desarrollo interno en su mundo exterior.
No existe un panorama igualitario en un sistema desigual, la popularización de la vivienda en el capitalismo rapaz, adapta las circunstancias económicas a una vida austera, sin movimiento, adormilada, acomplejada por los vicios de ese mismo sistema y por el acomodo de los intereses, los precios del mercado y los excesos del poder.
En la hondura de estos comentarios surge la chispa de la inconformidad, pero no es suficiente, hace falta más para dilucidar esta problemática, los aspectos sociales del mexicano son complejos por la sumisión a la derrota, a la incultura y al analfabetismo generalizado.
En México el aspecto social del arte está sujeto a las diversas políticas públicas con las que el Estado mexicano le conviene trabajar, distribuyendo por aquí y por allá recursos, malversando lo poquito que se destina del presupuesto a la cultura y su difusión.
Es por eso que el artista –o el que intenta serlo- busca nuevos y renovados espacios para encontrar un punto donde pueda proyectar eso que es, lo que significa llevar la obra, la parte interiorizada de su pensamiento para fructificarlo en la apreciación del público espectador, de un público hambriento de nuevas formas estéticas, su esparcimiento creativo.
La batalla en contra de lo antiestético - siendo bastante subjetivo- resulta ser una constante en el paso de los años, debido a que la poca oferta del arte nos convierte en espectadores de lo poco y lo pobre que resulta nuestros paisajes citadinos, en donde nos convertimos en pasajeros de un tren conducido por la ignorancia y el desprecio, porque el arte para ellos no es negocio, falacia gigante, pues allí se concentra parte fundamental de la educación de un pueblo.
En contraste con otras naciones del mundo, se puede ver que el dinero, puede o no representar un problema, eso depende de la importancia y el valor intrínseco del arte para comprender que los ciudadanos que exigen y lo buscan, así como un elemento emancipatorio y lúdico del individuo.
En principio parece que lo artístico no es una causa social, pero al ver que la sociedad está moribunda de valores y de principios, no se podrá alcanzar la conciencia social que deseamos, y sólo algunos menesterosos de lo artístico, no de buen gusto, harán esfuerzos que son insuficientes por la reducción de ese mismo grupo.
Es necesario recordar también que esta participación históricamente ha sido punta de lanza para cambiar al mundo, cambiar NUESTRO mundo y con la expresión del arte, herramienta sutil, amalgama el pensamiento libertador y liberal de todos los tiempos.
La prisa constante del ser humano moderno lo envuelve en los nubarrones de la cotidianidad, de lo adverso que resulta el ver un mundo pacífico. El aspecto ideológico de la masa es una fuerza enorme que sirve a cualquier entidad de gobierno para salir avante en sus objetivos, ya sean personales o grupales.
El vicio como parte reinante de la naturaleza humana es proyectado en muchas calles de la ciudad, como anteriormente se había dicho, la contaminación visual provoca una disminución por la apreciación artística y lo hace al ser instintivo, equivoco, errabundo en su andar por su mundo.
El potencial de trabajar con mejores instrumentos sociales, es partir de una política diseñada y redirigida a la masa y a las minorías, haciendo un conjunto que pugne por lo heterogéneo, elemento vivo, diáfano, constructor de sociedades diferenciadas, artífice de una cultura evolucionada.

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